ARALAR
Hace ya unos años una buena amiga me lanzó una aseveración que me dejó más que perplejo: absolutamente incrédulo. Me dijo que la recién nacida organización Aralar había sido creada por el PNV. No la creí. Yo consideraba que, dadas las circunstancias que atravesaba en aquel tiempo la izquierda abertzale, había gente que se había cansado de obedecer órdenes y había decidido seguir su propio camino.
Desgraciadamente el tiempo está dando la razón a mi amiga. Es posible que fuésemos unos ilusos los que pensábamos que, dadas las nuevas circunstancias, se podría contar con ellos para avanzar en la unidad independentista de izquierdas. No queríamos creernos que se habían convertido en otro Euskadiko Ezkerra, no comprometidos con otra cosa que no fuesen sus bolsillos y sus poltronas, haciendo de quintacolumnistas al servicio del autonomismo más servil.
Es una pena, pero el proceso debe seguir adelante. La nueva estrategia es sumar pero hay cierta gente que no se puede sumar, gente que sólo busca su beneficio personal, que incluso se ha llevado dinero de empresas populares y hoy son algunos de los que dirigen Aralar. Es gente que sabía que en una situación de no violencia y aglutinamiento de fuerzas sus trapicheos no iban a ser consentidos, que no se iban a permitir viajes al extranjero dejando el camino libre a la derecha facciosa en el Parlamento.
La dirigencia de Aralar ha dejado bien claro cual es su sitio: junto al PNV, el PSOE y el Ministerio del Interior. Las máscaras han caído. Eso también es bueno: por fin sabemos quienes estamos y hacia donde vamos. Además, sumaremos. De eso tienen miedo el PNV y PSOE.
Esta ola es imparable, tiene que serlo.
Una última consideración: para las próximas elecciones hay que demostrar la fuerza que existe en éste pueblo. Es igual bajo qué siglas. Es lo de menos, legalizados o ilegalizados. Demostremos quienes y cuantos somos, pero sin gestos estériles, como en elecciones pasadas. Vamos a salir a votar todos y todas. Ya veremos a quien, pero todos juntos.
Txema
Quienes pugnaban por entrar se proclaman constitucionalistas, autonomistas y demócratas. Todo falso. En su aparente diversidad, son un tropel de enardecidos conquistadores. Se apoyan en la Constitución porque la Constitución les apoya a ellos; si ésta frenara sus ambiciones imperiales, la arrinconarían como lo han hecho tantas veces. Defienden las autonomías porque éstas garantizan «el sano regionalismo» que seducía al Caudillo. Apelan a una democracia carente de libertades civiles y de respetos ciudadanos. Quienes sostenían el portón -era lo único que defendían apasionadamente- hacían otro tanto: palabras, palabras, palabras… Se hacían llamar defensores de nuestras viejas y propias leyes, pero se han sometido servilmente a las ajenas. Invocaron nuestros derechos nacionales mientras con desvergüenza los hollaban. Decían encarnar las esencias de nuestro pueblo, conciencia y alma que iban carcomiendo al dictado de intereses extranjeros.

